Alex Montoya dirige una película íntima, tierna y punzante acerca de la familia. Con un reparto encabezado por David Verdaguer, se retratan las relaciones, los rencores y las personalidades de su familia. Nace de la adaptación de la novela gráfica «La Casa» del artista Paco Roca.
La dinámica entre los hermanos es la que impulsa la historia, y desde el primer momento se muestra ligeramente tormentosa. En el largometraje se cuenta un cuento universal, y es que el tiempo, una vez pasa, no vuelve, por lo que lo mejor que podemos hacer es disfrutar y aprovechar cada segundo con nuestros seres queridos, dejando atrás pequeñas rencillas que con el tiempo pueden llegar a enquistarse.
Es una historia en la que dos polos opuestos chocan, y donde se pone en juego también la percepción de cada uno de los hijos de la familia, José (David Verdaguer), Carla (Lorena López) y Vicente (Óscar de la Fuente).
Por querer abarcar demasiados temas, hay algunos personajes y algunos recovecos de la película que por falta de desarrollo terminan quedando a medias, o muy planos.
Es una película que está dirigida a todas las edades: la audiencia podrá sentirse reflejada de una u otra manera en esta pieza audiovisual, que además apenas alcanza la hora y media de metraje.

A PARTIR DE AQUÍ HAY SPOILERS
La vida de José parece tranquila. La de un escritor sin muchos aprietos y con mucho tiempo libre, aunque con los agobios propios de la presión generada por su editorial. Acompañado por su mujer, decide quedarse en la antigua casa de verano de sus padres. Allí se reencontrará con su hermana Carla y su hermano Vicente, que se ven obligados a afrontar los retos del día a día de otra manera.
Se presenta pronto en la película la figura del padre de todos ellos, un hombre sencillo, para el que la casa representaba la ilusión de poder compartir la vida con sus hijos. A medida que pasa el tiempo, es más difícil sacar tiempo para la gente importante en la vida, y por esta causa los hijos, ya de adultos, apenas se pasaban por la casa de verano.
Intercalando algún que otro flashback, David rememora cómo trató a su padre en la etapa final de su vida, y aflora una culpa en él, que estaba haciéndole mucho daño en su interior. Vicente le echa en cara que no estuviera con ellos cuando importaba.

La hija de Vicente, Ema (María Romanillos), parece llenar la casa de vida y de ilusión, haciendo de contrapunto a su padre. Es ella quien consigue arrastrarle a una comida familiar que quería evitar. Un comentario inofensivo de José, que se ofrece a invitarles a todos, enciende a Vicente, que lo interpreta como un menosprecio.
El alcohol empieza a obrar su magia, y todo se empieza a torcer. Vicente le lanza reproches a su hermano, que se defiende como puede, y queda una situación algo enturbiada.
De vuelta en la casa vuelven a hablar, Ema manifiesta la ilusión que la haría el poder veranear en aquel santuario de paz. Vicente confiesa una verdad que le comía por dentro, pero que luego su hermana le perdona sin mucha resistencia, y para terminar, como broche simbólico, los hijos reconstruyen la pérgola que su padre nunca terminó, afianzando así su relación fraternal.
De una manera precipitada, y sin mucho desarrollo, se soluciona un conflicto con origen en sus infancias en cuestión de dos días. Entre medias, se van mostrando momentos de la vida de su padre, cuando ellos eran pequeños y les cuidaba, y cuando los años pasaron y la situación se invirtió. Se deja entrever que nadie es perfecto, ni siquiera su padre, que en lo respectivo a la relación con su madre, no siempre se portó bien.
Pese a todas las prisas por resolver la historia, el mensaje queda muy claro, y es que el tiempo vale oro. Más vale disfrutar de los momentos preciosos con nuestros seres queridos, porque nunca sabemos lo que puede depararnos la vida.




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