Una de las principales características del largometraje, dirigido por Park Chan-wook, es el ritmo tranquilo que suele acompañar a las películas de este género. Retratando escenas cotidianas, el director nos quiere contar la realidad social de una parte de la ciudadanía coreana.
Poco a poco, a medida que la película avanza con ese ritmo lento, vamos conociendo de igual manera a los diferentes personajes: el padre, la madre, el hijo y la hija.
Cuando la situación de la familia, que lo tiene todo, cambia drásticamente, se comienza a contar una historia que traspasa fronteras. En este caso, y en clave de comedia negra, cuando despiden al padre, este comienza un proceso de penitencia en su búsqueda de trabajo, y termina llegando a la conclusión de que la solución más desesperada y extrema es a la vez la más coherente a su parecer.
Mientras, la película cuenta cómo su familia va renunciando a “lujos”, algunos mundanos, otros más elevados, y cómo el hecho de estar desempleado le lleva al padre a irse distanciando de sus hijos y su mujer, y a ir perdiendo contacto con la realidad.
Esa “última opción” de la que habla el título de la película se pone en marcha en el momento en el que el protagonista decide que para conseguir un trabajo, la opción más lógica y menos enrevesada es la de eliminar a su competencia. Esto de por sí resulta gracioso, y como crítica a la presión que deben soportar millones de ciudadanos coreanos, es bastante clara. Ahora bien, no diría que la película tenga grandes momentos cómicos, pero sí que se pueden encontrar momentos divertidos por las situaciones que se generan, donde se ve al protagonista algo perdido y fuera de lugar.
En resumen, es una película peculiar que tiene que ver con la cultura coreana, y que por ello quizás sea algo más difícil de conectar con ella para el público occidental. Pese a ello, lo cierto es que trata temas globales con los que todos nos podemos identificar, sin llegar por supuesto al extremo que nos presenta.



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