Fuimos al cine sin saber muy bien qué esperar. Después de la película de Pixar del año pasado, Elio, que trata un tema muy humano como es la soledad, pero lo hace yéndose al espacio exterior, Hoppers hace todo lo contrario y decide hablar de un tema de una importancia mayúscula, arraigado en la tierra.
Más allá de que la animación es espectacular, los personajes están muy bien escritos, y tiene aportaciones muy divertidas como las de Dave Franco como villano final. Me quedo con la intención que queda en el fondo del largometraje.
Y es que a veces las personas nos olvidamos, dentro de nuestro día a día a mil revoluciones, que no somos más que una pequeña parte del planeta que habitamos.
El director Daniel Chong quiere recordarnos a través de esta película llena de momentos divertidos, entrañables, y profundos, la importancia de respetar la Tierra y todo lo que la habita.
Y lo hace al más puro estilo Pixar, haciendo dos películas en una: mientras los más pequeños pueden asistir a ver las aventuras de una chica en el cuerpo de un castor, tratando de ingeniárselas para salvar un embalse, el resto de la audiencia también asiste a ver una capa adicional que manda varios mensajes claros.
Si actuamos como si la Tierra nos perteneciera, lo único que conseguiremos será acelerar su deterioro, y si no respetamos a los ecosistemas y a los animales que los pueblan, nuestras acciones podrán volverse en nuestra contra más pronto que tarde.
Además de explicar cómo funciona el reino animal, la película nos cuenta que la única manera de dejar un mundo mejor para las próximas generaciones es colaborando entre todos y valorando el regalo que tenemos. Me ha parecido una película muy bonita.



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