Stéphane Brizé dirige una película pausada, que transmite calma y transporta a la audiencia a un bonito pueblo en la costa francesa. Guillaume Canet y Alba Rohrwacher son los encargados de dar vida a los atormentados protagonistas, Mathieu y Alice.
Mención especial a Vincent Delerm, compositor de la banda sonora, que envuelve en todo momento al metraje, enamorando al público, que se siente como en un sueño, al estar también rodeado de los increíbles paisajes donde se desarrolla la historia. Un montaje muy acertado, que marca su propio tempo, y que iguala el ritmo de las personas que viven en este pueblo al oeste de Francia.
En la película, Mathieu, un famosísimo actor, ve cómo la tranquilidad que busca se le resbala de las manos, allá donde va. Y es que quizás lo que él necesita es una introspección para calmar su alma, que resuelva sus inquietudes. Tras el reencuentro con Alice, tendrá la oportunidad de intentar conseguirla.

A PARTIR DE AQUÍ HAY SPOILERS
Desde el inicio, Mathieu se muestra incómodo al ser reconocido en todos los lugares. Se presenta a la audiencia como un tipo normal, simpático, aún teniendo que llevar la «cruz» que es el estrellato. Él es parte de un matrimonio donde parece un personaje secundario, y tiene preocupaciones a las que su exitosa mujer no da importancia. Queda claro que no tienen las mismas inquietudes vitales.
Por un lado, se presenta a este hombre que languidece, teniéndolo todo, y se siente vacío. Por otro lado, Alice es una mujer casada y con una hija, que siente ese mismo vacío en su interior. Cuando ella se entera de que Mathieu, a quien conoce, está en el resort, le envía un mensaje.
Es muy perceptible el cambio que sufre Mathieu cuando ve por primera vez a Alice. Una chispa, algo que incendia, aunque tímidamente, el alma del actor. Se ve que hay química entre ellos, las miradas, el interés puesto sobre el otro. Y es que ambos fueron pareja 15 años atrás, viviendo en París, cuando para ellos era el centro mismo del universo.
En la comida se comenta tímidamente que ambos tienen hijos y pareja, por lo que parece que sus vidas, que se aproximaron al volverse a ver, se vuelven a alejar, como si fueran extrañas.
Alice esconde un dolor punzante, que ha llevado dentro más de 15 años, cuando le confiesa que cuando acabó su relación, ella necesitó antidepresivos. Le echa en cara que se marchara, y se sobreentiende que una vez la fama llegó a la vida de Mathieu, hizo mella en la relación con Alice. Muestra una cara del actor que quizás sorprende al público, pensándolo incapaz de tener maldad.
Ella buscaba una disculpa, y la obtiene. Mathieu reconoce que erró en su forma de actuar, pero le asegura que en ningún momento la menospreció.
En el pequeño pueblo, se muestran escenas que dibujan a una mujer infeliz, que es protagonista de un sueño inacabado. Se ve resignada a ser maestra de piano, para mantener un débil vínculo con su pasión. Y es que Alice se culpa a sí misma por no haber sido más valiente cuando tuvo la ocasión, de arriesgarse por perseguir el sueño de su vida.
Mathieu quiere invitarla a cenar, para dejar las cosas bien, pero ella tiene un compromiso: se casa una anciana que es amiga suya con otra mujer. Más tarde, por la noche, ella le muestra la historia de Lucette, que vivió toda su vida engañándose a sí misma, y a la gente a su alrededor. Esto fue hasta que pudo encontrar el amor de su vida en otra mujer.
Ella obró así porque era lo que tenía que hacer, pero esa decisión la privó de vivir la vida que quería. Las decisiones vitales tienen un peso enorme en la película, y flota en el aire la pregunta: ¿Qué hubiera pasado si Alice y Mathieu hubieran seguido juntos? Quizás él estaría más cómodo siendo menos conocido, sometido a menos presión, y ella podría haber luchado por subir un escalón más en la pirámide artística, centrándose en su amor por el piano.
Son dos almas aparentemente compatibles, que se buscan constantemente, cuyos destinos se rozan prácticamente, sin llegar a tocarse.

Ella decide invitarle a la fiesta de la boda, para que vea de cerca la felicidad de Lucette, como un ejemplo de que es posible encontrar un final feliz. Durante los bailes, y después de la fiesta, hay una serie de acercamientos, que quedan en nada, porque aparentemente son dos polos opuestos, decididos a no ser capaces de conectar.
Para sorpresa del público, esto ocurre, cuando Alice se rinde a sus sentimientos, y aparece en la puerta de la habitación de Mathieu. En una muestra de amor, deseo, y cariño mutuo, parece que rompen unas cadenas que llevan arrastrando demasiado tiempo.
Es un acto de valentía de los dos, una manera de coger fuerzas ante lo que les espera para el resto de sus vidas. Lo que sucede después, con ambos dándose cuenta de que sus destinos nunca volverán a cruzarse, es un doloroso recordatorio de que no hay vuelta atrás, y de que esas cadenas, ahora algo más ligeras, les van a acompañar para siempre.
Los dos acaban en buenos términos, perdonándose el daño que se pudieran infligir en el pasado, y teniendo mucho que hacer por sí mismos de cara a la vuelta a la realidad.
Una historia, más que de amor, de la vida, de los sacrificios, y de las decisiones tomadas. De los caminos escogidos pensando en el bien común, y de las equivocaciones vividas y por vivir.
Se trata de una película preciosa, con un mensaje poderoso, que cada persona que acuda va a interpretar de una manera diferente. Una llamada a la reflexión y a la introspección, con una banda sonora deliciosa y unos paisajes de ensueño.




Deja un comentario